Fernando Cabanillas

Tribuna Invitada

Por Fernando Cabanillas
💬 0

Un poco más sucios… y más sanos

 “Hace 70 años los niños tenían una relación más estrecha con el sucio que la que tienen hoy día. Como resultado del contacto diario con la tierra, se infectaban con gusanos. Y eso era bueno”. 

¿Cuándo y quién dijo esta aparente barbaridad?... Pues nada menos que el Dr. Joel Weinstock en 1999, un respetado investigador, experto en la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa, denominadas enfermedades inflamatorias del intestino (EII). 

Veamos por qué lo dijo. Resulta que las enfermedades digestivas son sumamente raras en países donde predominan los parásitos intestinales. Sin embargo, en los países industrializados, donde casi nadie padece de parásitos, son muy comunes y están en aumento. Los gusanos que se esconden en el intestino de algunas personas pueden ser repugnantes, pero parece que nos protegen de EII.  

Basado en estos datos, Weinstock condujo en 2005 un estudio clínico en humanos, en el cual daba a tragar gusanos Trichuris suis a la mitad de 54 pacientes con EII, mientras a la otra mitad le daba una sustancia inerte, conocida como un placebo. Quizas no deba sorprendernos que los pacientes tratados con el parásito mejoraron significativamente. En 2016, Ken H. Cadwell publicó en la prestigiosa revista Science que ciertos parásitos alteran la flora intestinal bacteriana en ratones de forma tal que predomine una bacteria de nombre Clostridio por encima de otra llamada Bacteroides. 

La primera bacteria tiene efectos antiinflamatorios, mientras que la segunda tiene propiedades proinflamatorias, lo cual explicaría cómo los gusanos pueden protegernos de EII. Los hallazgos del estudio explican que los parásitos producen sus beneficios indirectamente a través de su impacto sobre la mezcla de microbios en los intestinos.  

En 1976, a John Gerrard, un médico pediatra, le había llamado la atención que en la ciudad donde él vivía, en Canadá, las personas blancas tenían una frecuencia muy alta de enfermedades alérgicas como asma y urticaria, comparado con comunidades de origen indígena. Estas comunidades indígenas, sin embargo, padecían frecuentemente de enfermedades causadas por parásitos y bacterias. A él se le ocurrió la posibilidad de que las enfermedades alérgicas eran el precio que los blancos pagaban por no padecer de enfermedades infecciosas.   

En Gran Bretaña, un epidemiólogo, David Strachan, llegó a una conclusión parecida. El observó que mientras más numerosas las familias, menos alergias nasales tenían los hijos. Esto le llevó a pensar que estas alergias se evitaban gracias a las infecciones causadas por el contacto frecuente entre los múltiples hermanos temprano durante la niñez. Esto se convirtió en la “hipótesis de la higiene”, la cual propone que, en países industrializados, las familias usualmente tienen pocos hijos y, por consecuencia, los niños se exponen a menos infecciones durante la niñez. A corto plazo, estos niños son más saludables, pero más adelante su “ingenuo” sistema inmune responde con pánico al enfrentarse a sustancias usualmente inocuas como lo son el polen y otros alérgenos. Esta hipótesis con el tiempo evolucionó, y hoy día se considera que no son las infecciones con bacterias dañinas las que protegen, sino que son aquellas bacterias benévolas o amigables que residen en nuestro cuerpo y “educan a nuestro sistema inmune”. 

En otra columna en este medio he discutido con detalle el fascinante tema de la flora intestinal y el sistema inmune. Al parecer, el pasar del campo fangoso a las urbanizaciones de concreto con alimentos desinfectados y agua aséptica, no ha sido una buena decisión. Pero no solo es esto ni tampoco el menor número de hijos lo único que se asocia con menos salud, sino que también sabemos que las mascotas contribuyen de una forma positiva. 

La Dra. Susan Lynch, de la Universidad de California, se inspiró en un estudio que demostró que las personas que pasaron su primer año de vida en un hogar con perros o gatos tenían menos probabilidad de desarrollar alergias cuando adultos. En 2010, su equipo científico demostró que el polvo que existe en las casas con perros (y, en menor medida, gatos) alberga una gama más amplia de bacterias que el polvo de las casas sin mascotas. Y la mayoría de estos microbios eventualmente se asientan en nuestro intestino, otra contribución del mejor amigo del hombre… y de la mujer también. 

Dado que estudios anteriores habían demostrado que los microbios intestinales pueden influir el sistema inmune, Lynch razonó que las mascotas podrían cambiar la propensión de sus dueños a las alergias al afectar los microbios en el polvo de la casa y, por lo tanto, en sus intestinos. Para probar esta hipótesis, inoculó ratones con muestras de polvo recolectadas en dos hogares: uno con un perro y otro sin mascotas. Cuando los ratones ingirieron el polvo del hogar con perro, mostraron menos reacciones alérgicas y menos inflamación en sus vías respiratorias. También demostró que las muestras provenientes de la casa con perro cambiaron las comunidades de microbios en el intestino de los roedores, aumentando el número de bacterias. En particular, lo enriquecieron con un tipo de bacteria, Lactobacillus johnsonii. Y por si ustedes tienen un perro que se come la excreta de otros, sepan que es una buena forma de aumentar y diversificar su flora intestinal, lo cual es beneficioso. 

Estos hallazgos podrían resultar en nuevas estrategias para tratar enfermedades intestinales si logramos descubrir una forma de imitar los efectos de las bacterias y parásitos de la flora intestinal. Todas esas sospechas se han afirmado recientemente cuando se observó en otro estudio que el riesgo de desarrollar asma aumenta 50% en bebés que reciben antibióticos antes de cumplir seis meses.  

Y moviéndonos al tema de cáncer, el riesgo de adquirir la enfermedad de Hodgkin, un tipo de linfoma maligno que ataca predominantemente a adolescentes y adultos jóvenes, se asocia con un tamaño familiar pequeño y una educación materna relativamente alta. Esto es compatible con la hipótesis de higiene que propone que la exposición temprana a microbios es ventajosa. En el caso de Hodgkin, esta enfermedad en muchos casos se ha asociado con el virus de Epstein-Barr. Se piensa que mientras más temprano se infecte el niño con este virus, también causante de la mononucleosis infecciosa, pues menor el riesgo de desarrollar Hodgkin. 

Recuerdo que cuando yo me criaba, los muchachos nos bañábamos en la laguna del Condado en una época en que las aguas negras de Miramar descargaban allí. También pescaba en esa laguna y hasta comía ostras que sacaba de allí. Y de adulto, cuando revivía esos días, pensaba ¡qué horror…las barbaridades que cometíamos! Ahora no me horrorizo…al contrario,  me alegro. 

Nos dice la Biblia: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, aunque el prójimo nos traiciona de cuando en vez. Y yo añado que el prójimo debe incluir a los microbios aunque nos puedan traicionar y enfermar. En resumen, mejor bacteriófilo que bacteriofóbico. Pero, por favor, no corran a bañarse en aguas negras ni a comer gusanos. Y tampoco a bañarse a la laguna del Condado… hace tiempo la descontaminaron. Aunque quizás debiéramos ser menos estrictos con los niños y no regañarlos cuando recogen algo del suelo y se lo llevan a la boca. Después de todo es un instinto natural. Por algo lo hacen, ¿no? En fin, es un equilibrio muy delicado y difícil de alcanzar.

Y a pesar de que los datos señalan que no debemos bañarnos todos los días porque esto elimina las bacterias buenas de la piel, se me hace difícil recomendar que en el trópico no nos bañemos diariamente. Usted qué prefiere: ¿oler mal o tener buenas bacterias en la piel? En el futuro seguramente tendremos un spray de bacterias para rociarnos después del baño.

Otras columnas de Fernando Cabanillas

domingo, 11 de noviembre de 2018

¿Vale la pena comer alimentos orgánicos?

El doctor Fernando Cabanillas argumenta sobre los productos orgánicos y las probabilidades de que sirvan para evitar que una persona pueda o no padecer cáncer

💬Ver 0 comentarios