Chu García

Tribuna Invitada

Por Chu García
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Pantalones Santiago y su no-hitter de nobleza

 A veces el destino da golpes bajos que desarropan la lógica: el lunes 10 de septiembre se publicó en El Nuevo Día una columna mía acerca de Pantalones Santiago, quien el martes antes, el 4, había cumplido 90 años, y pude comprobar el sábado 8, en un homenaje que le rindiera la Sociedad de Investigadores de Béisbol de América, que era inspirador su estado físico y anímico.

A las 5:15 de la tarde de ayer, sin embargo, recibí un llamado telefónico de mi colega e íntimo amigo, Erick Rodríguez, para darme la mala nueva de su fallecimiento.

De hecho, hace un par de días le comenté a Erick, que también tenía lazos fraternales irrompibles con él, que yo estaba preocupado porque no le veía desde el agasajo en el Museo del Deporte de Guaynabo, habida cuenta que iba casi a diario a una panadería del centro comercial Los Robles, en la urbanización Jardines Metropolitanos, donde acudo con frecuencia y ello provocaba que habláramos mucho de béisbol.

A lo largo de mi carrera periodística he tenido una amistad profunda con tres hijos de Coamo: el abogado y escritor Elfrén Bernier, que murió en mayo de 2003; el periodista deportivo Ray Garriga, que trabajó en Primera Hora; y Pantalones, que un sábado al mediodía de 1989 coincidió conmigo en su patria chica y tuvo la gentileza de mostrarme la casa-museo del compositor y cantante, Bobby Capó, en compañía del alcalde debutante Carlos Luis Torres, quien se mantuvo en el poder hasta 1996.

Traigo a colación todos estos recuerdos de la Villa de San Blas de Illescas, municipio fundado en 1579, porque para Pantalones, que se crió en Nueva York, era su paraíso terrenal, llevándolo en su piel cobriza que olía a café recién colado y estoy seguro que su largo deshojar del almanaque se debió a los fluidos de las aguas termales y sulfurosa que allí brotaban en terrenos cercanos a su mítico Parador de los Baños.

Más que un pitcher que fue ponchado injustamente por la barrera de color en las Mayores, él fue un triunfador después de su retiro en los negocios porque obraba siempre con apego genuino al prójimo: fue grande con las cosas pequeñas y pudo así enriquecerse de honradez y nobleza que son ejemplos de inmortalidad.



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