Hugo Viera Vargas

Tribuna Invitada

Por Hugo Viera Vargas
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Las políticas del cuerpo en la música popular

La música popular se vincula a las necesidades culturales e históricas del ser humano. No es de extrañar, por lo tanto, que cada individuo o colectividad ordene, distinga e interrelacione la música a axiomas normativos histórica y simbólicamente contingentes. En este sentido, la música popular permite reflexionar y cuestionar asuntos medulares sobre la construcción social del género. La experiencia del ser humano en la música, lejos de ser puro reflejo de las sociedades pasadas o actuales, funge como instrumento de socialización a través del cual es posible (de) construir el género como concepto en tiempos y espacios particulares. De acuerdo al sociólogo Simon Firth “la cuestión no es cómo un determinado género refleja a la gente sino cómo la produce, cómo crea y construye una experiencia”.

Uno de los legados históricos coloniales más significativos es la naturalización de un orden patriarcal occidental.  Las esferas públicas y privadas de los hombres y las mujeres estaban delimitadas y, por supuesto, resguardadas social y legalmente.  Los hombres estaban supuestos a ejercer el poder en todos los aspectos familiares, públicos, sociales y nacionales, además de mantener un orden moral y un estricto código de honor. En consecuencia, la masculinidad patriarcal exigía (y aun exige) un celoso control de las emociones y una estricta vigilancia sobre la sexualidad y sociabilidad de las mujeres; el no hacerlo pondría en tela de juicio el honor de los hombres y sus familias. Las mujeres, además, debían mantenerse puras, castas y sumisas ante las exigencias y el poder de sus padres o esposos.  Su conducta era una pieza clave en las relaciones de género y mantenimiento de la masculinidad patriarcal. Este paradigma jerárquico ha sido el lienzo sobre el cual se ha creado y consumido la música popular en Puerto Rico durante los pasados siglos.

La música popular funge como un espacio discursivo que tanto alberga y como genera la reproducción de un orden patriarcal. Además, posibilita el espacio para cuestionar algunos de los elementos fundamentales del mismo orden. Se convierte, pues, en medio idóneo por el cual construir, afianzar y mantener una masculinidad (poder) y, a su vez, se presenta como un estado liminal entre ésta y su punto de quiebre. Esta posibilidad dual es la que nos permite escuchar a un bardo guarachoso pregonar su felicidad absoluta por «ser el dueño de la finca y la mujer» y a otro acongojarse con un llanto ante la posibilidad de perderla.

Sabemos, no obstante, que existe una cierta contradicción entre la masculinidad patriarcal y acongojarse. A los que poco se apesadumbran la música popular se convierte en un medio para controlar y ejercer violencia sexual y física contra las mujeres insumisas; a estas, si se les coge  “coqueteándole a otro” la hartan de trompadas y piñazos en los ojos.  

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