Antonio Quiñones Calderón

Tribuna Invitada

Por Antonio Quiñones Calderón
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La lección y el compromiso de las elecciones de medio término

El decidido apoyo de los puertorriqueños a la elección del gobernador Rick Scott como senador por el estado de la Florida contiene una lección y un compromiso que ni él debe rehuir ni los boricuas residentes en el Estado del Sol –The Sunshine State– deben dar por sentado. La lección: el reconocimiento del puntual derecho civil y humano que es la franquicia electoral completa del ciudadano de una nación (disfrutado ayer por los boricuas, ciudadanos estadounidenses, residentes en ese estado y en otros). El compromiso: el anunciado apoyo del nuevo senador a la lucha de los puertorriqueños por la igualdad política con sus conciudadanos de los 50 estados de la Unión federal.

Pasada la euforia del triunfo, Scott debe haber cavilado sobre la ironía de su elección. Es casi seguro afirmar, a la luz de la robusta participación de los boricuas en las votaciones senatoriales, que su elección se debió, muy marcadamente, gracias a unos electores quienes en su propio lugar de residencia no pueden elegir senadores y representantes que defiendan sus intereses sociales, económicos y políticos en el Congreso que hace las leyes que afectan la cotidianidad de sus vidas, como tampoco por el presidente que las firma.

Lo que hicieron los puertorriqueños ayer en la Florida fue darle un mandato a Rick Scott para que los represente –a ellos, residentes en el estado, como a sus parientes y amigos sin franquicia electoral por residir en un territorio de la nación–, ya que no pueden estos últimos votar por sus propios senadores y representantes federales dada su condición de ciudadanos estadounidenses de segunda clase en términos de los derechos constitucionales sustantivos.

La seguridad de que el senador Scott cumplirá su compromiso de unirse con entusiasmo a la lucha de nuestra comisionada residente Jenniffer González por la aprobación de la legislación que acabe con el colonialismo en nuestro pueblo mediante la conversión del territorio de Puerto Rico en el estado 51 de la Unión federal, no está afincada en promesas para las gradas ni en compromisos fatulos de campaña, sino en su comportamiento y sensibilidad para con los puertorriqueños del patio –una inmensa mayoría de los cuales tienen padres, hijos, hermanos, tíos y otros parientes residiendo en el Estado del Sol– durante los duros días de la emergencia causada por la devastación del huracán María.

Sin esperar a que se llamara, el gobernador Scott demostró su preocupación por la situación de angustia, necesidades y hasta desesperanza que sufrían los puertorriqueños. Hizo unos siete viajes a la isla, transportando personal de su administración, equipos, productos y tecnología para socorrer a los afectados por el ciclón. Abrió en el aeropuerto internacional de Miami una oficina para atender el flujo de boricuas y facilitarles sus inmediatos y urgentes planes de búsqueda de viviendas y alimentación; ordenó matricular, sin dilación burocrática, en escuelas y universidades a niños y jóvenes puertorriqueños que llegaban por miles a su estado; dispuso de más de $1 millón para brindar a los recién llegados servicios sociales como vivienda y oportunidades de trabajo, entre otras iniciativas.

En el puntual ámbito político se comprometió con un endoso entusiasta y sin matizaciones a ayudar en la lucha por la igualdad de los ciudadanos estadounidenses residentes en el territorio de Puerto Rico con sus conciudadanos de los 50 estados, mediante la involucración directa y afirmativa del Congreso –el cuerpo político estadounidense con amplios, absolutos y plenarios sobre nuestro territorio– en la batalla por la igualdad, que es también su responsabilidad.

De manera que los enemigos de la colonia y amigos de la igualdad política contarán con una efectiva palanca en los titánicos y aplaudidos esfuerzos que está realizando nuestra comisionada residente, que deberá continuar ahora en minoría, tras el voto anti Trump que le dio el control de la Cámara de Representantes a los demócratas.

La elección de ayer contiene una buena lección. Los ciudadanos estadounidenses de origen puertorriqueño residentes en el estado de la Florida, como los que residen en otros estados de la Unión federal, ofrecieron un claro ejemplo de la importancia del voto como piedra angular de la ciudadanía. Ellos pudieron ejercer el derecho y el privilegio de escoger entre opciones sus candidatos preferidos para que representen sus intereses en los distintos pasillos del poder público de nuestra nación. Lo que no pueden hacer sus parientes, también ciudadanos estadounidenses, pero residentes en un territorio o, como dice la cláusula territorial de la constitución federal: en un área geográfica que es la “posesión” del Congreso.

Escogieron a Scott para que sacara la cara por esos ciudadanos de segunda clase. 

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