Alberto Figueroa

Tribuna Invitada

Por Alberto Figueroa
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Iglesia Católica: ¿Una o muchas?

Al hablar de la Iglesia Católica se suele utilizar un lenguaje con diversos significados. Muchos entienden por Iglesia Católica dos cosas: El templo donde se celebra el culto, llamado también “parroquia” —aunque la parroquia en sí no es el templo sino el pueblo de Dios, presidido por su pastor dentro de un territorio definido— o la religión que está dirigida desde El Vaticano por el Papa.

Eso, válido para el lenguaje coloquial, no agota la riqueza de matices necesarios para entender la realidad de la Iglesia Católica. Primero, la Iglesia es una. Así lo profesamos en El Credo. Pero esta unidad no se funda en principios empresariales, sino en realidades de orden espiritual: es una debido a su origen: La Trinidad; a su Fundador: Jesucristo; y a su Alma: El Espíritu Santo. Y esa unidad consiste en: la profesión de una misma fe; la celebración común del culto divino; y la sucesión apostólica por el sacramento del Orden (Catecismo de la Iglesia Católica 813-815).

Pero la Iglesia también es diversa. Y esto la enriquece. Ella se hace presente allí donde lleva a cabo su misión pastoral, dentro de las coordenadas de tiempo y de espacio. La Iglesia Católica pues, existe a dos niveles: el universal, cuya responsabilidad recae en el Papa y el Colegio de los Obispos, presididos por él. Mientras, a nivel local, se hace presente en la diócesis (también llamada Iglesia particular), que posee personalidad jurídica propia y es regida por un obispo diocesano y son muchas.

Pero, ni las diócesis son partes o pedacitos de la Iglesia Católica, como los fragmentos de un rompecabezas, sino porciones (CIC 369), ni la autoridad de los obispos en cada diócesis es delegada o vicaria del Papa, sino que emana de su misma condición de sucesores de los apóstoles, en comunión con el Papa.

“Al Obispo diocesano compete en la diócesis que se le ha confiado toda la potestad ordinaria, propia e inmediata que se requiere para el ejercicio de su función pastoral…” CIC 381. Es decir, ningún obispo puede interferir en las decisiones de otro, ni inmiscuirse en otra diócesis que no sea la suya. Esta autoridad no se ejerce arbitrariamente, sino siguiendo las disposiciones del Código de Derecho Canónico, que manda, por ejemplo, que cada obispo tenga cuerpos que le asesoren, algunos con voto deliberativo y no solo consultivo. En cada diócesis existen también entidades con personalidad jurídica.

En Puerto Rico, por cuatrocientos años solo existió una diócesis, la de Puerto Rico (fundada en 1511), pero a partir de la creación de la de Ponce en 1924, la Diócesis de Puerto Rico deja de existir. Actualmente tenemos una Arquidiócesis, (título que reconoce la antigüedad y capitalidad histórica de San Juan), y cinco diócesis: Ponce, Arecibo, Caguas, Mayagüez y Fajardo-Humacao. Arzobispo es título de preeminencia (de honor) y no de injerencia, es primero entre iguales, preside la Provincia Eclesiástica y tienejurisdicción limitada a velar por la fe y suplir en poquísimas instancias.

Desconocer esto, eliminar la potestad e independencia de cada obispo como único pastor en su diócesis, borrar los lindes jurídicos que las delimitan es retrotraer la Iglesia Católica a su situación canónica de principios del siglo XX. Cada obispo es responsable ante el Papa y no ante el Arzobispo de San Juan, ni al Delegado Apostólico (Llamado nuncio en República Dominicana). Respondiendo a la pregunta ¿Una o muchas? podemos decir: La Iglesia de Jesucristo es Una, Santa, Católica y Apostólica, pero existe a través de sus diócesis que son muchas.

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