José Hernández Mayoral

Tribuna Invitada

Por José Hernández Mayoral
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Héctor Ferrer: del intenso llanto a la imparable risa

Cuando Héctor Ferrer me nombró secretario de Asuntos Federales del Partido Popular Democrático a finales del 2008 nos tocó enfrentar los proyectos a favor de la estadidad que presentó Pedro Pierluisi en el Congreso. En esas gestiones lo vi llorar la primera vez.

Pierluisi había logrado bajar a votación ante la Cámara federal una medida de plebiscito que excluía al Estado Libre Asociado en la última votación. Nuestro análisis era que tenía los votos y que la única manera de vencerlo era logrando una enmienda que le arruinara sus pretensiones. Héctor fue a ver a la representante republicana de Carolina del Norte Virginia Foxx y contándole que él había estudiado en su estado logró que ella lo escuchará y la convenció de presentar una enmienda para que el Estado Libre Asociado se tuviese que incluir en la votación.

Cuando empezaron a bajar los votos y fue aumentando minuto a minuto la posibilidad de que la enmienda quedara aprobada, Héctor estaba al borde del llanto. Cuando finalmente pasó la enmienda, rompió a llorar. Había triunfado, gigantemente.

Las consecuencias de ese logro son incalculables. El plebiscito del 2012 legislado localmente ignorando la enmienda Foxx no tuvo efecto en Washington en gran parte por eso que Héctor consiguió en el Congreso. Si algo los estadolibristas estamos obligados a recordar sobre Héctor, es ese momento, su gran momento.

En nuestras gestiones en Washington hubo también muchos momentos de risa. Una vez azotó una tormenta de nieve que paralizó la ciudad. Nos metimos en una pizzería cerca del hotel porque era el único lugar abierto. Ante el amplio menú de cervezas Héctor me pidió que le explicara tanta variedad de estilos. Entendí que, mejor que impartir teoría, sería dar enseñanza práctica. Debido a lo vasto del currículo cuando concluimos y salimos del lugar no nos dimos cuenta que caminábamos en dirección contraria al hotel y doblando por aquí y por allá al rato nos vimos parados nuevamente frente a la pizzería

Héctor no podía contener la risa. Declaró que la Pizzería Paradiso en la calle P sería desde entonces parada obligada para nosotros Y así siempre fue.

La última vez que nos reímos juntos fue en un elevador en el Senado federal en julio pasado. Los detalles los omito porque lo provocó un comentario mío. Héctor salió del elevador mareado de la risa, recostándose de la pared para no caerse al piso. Es la imagen de Héctor que deseo preservar en mi memoria. No sé si fui el último que lo hizo reír así, pero me gustaría pensar que sí.

Héctor y yo tuvimos muchas diferencias. Siempre combatí su apoyo a la idea de un plebiscito estadidad sí o no. Me irritó, y lo hice saber públicamente, que pidiera el cierre de PRFAA cuando mi hermano Juan era el director de dicha oficina. Pero nada de eso interfirió con nuestra colaboración y amistad.

La segunda vez que lo vi llorar fue la última vez que lo vi. Estaba defendiéndose vigorosamente, pero con emoción, delas imputaciones que le hizo Aníbal Acevedo Vilá en relación a una reunión/cena en ese último viaje a Washington. Yo estuve en esa cena. Aquello fue una invitación para que Héctor le explicara a periodistas conservadores la posición del PPD sobre el proyecto de territorio incorporado que presentó Jenniffer González. Si estuvo hora y media fue mucho. Se retiró temprano porque se sentía cansado. Me fui con él. No fue una actividad para beneficio de él o de una posible candidatura a la gobernación suya. Fue una gestión para beneficio del Estado Libre Asociado. Murió, como se dice, con las botas puestas.

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