Nicolás Ramos Gandía

Tribuna Invitada

Por Nicolás Ramos Gandía
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El péndulo de la política se mueve a la derecha

Brasil, el principal país de Sur América y el quinto país en población del mundo, se está moviendo de la política de izquierda a la de derecha ya que el pasado domingo el candidato ultraderechista a la presidencia Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal, logró el 46% de los votos frente al 29% de su principal rival Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores. Éste último prácticamente designado como candidato de ese partido por el expresidente Lula da Silva, quien cumple una condena de 12 años de prisión por cargos de corrupción, como resultado de la Operación Lava Jato, que destapó un esquema de lavado de dinero en las estructuras gubernamentales. El expresidente se había postulado a principios de agosto desde la prisión y lideraba las encuestas de intención de voto con un 39% a finales de agosto. Sin embargo, tuvo que abandonar sus intenciones de aspirar nuevamente a la presidencia tras una decisión del Tribunal Superior Electoral que rechazó su candidatura, basado en la ley que le impedía postularse como candidato pues había sido condenado por un tribunal de segunda instancia.

Bolsonaro y Haddad irán a una segunda ronda definitoria para la presidencia de ese país el 28 de octubre y ya muchos analistas políticos consideran, a base del resultado del domingo, que el ultraderechista será próximo presidente. Bolsonaro, en la primera vuelta, conquistó los estados de la región sur del país y parte del noroeste dejando a Haddad con una concentración política en los restantes estados del norte que han sido la fuerza política del Partido de los Trabajadores, desde el triunfo electoral de Lula en el 2002, pasando por las dos elecciones de Dilma Rousseff, quien aspiró a un puesto en el Senado, pero quedó en cuarta posición. Ese dominio en el mapa electoral del país en la primera vuelta sugiere una posible victoria de Bolsonaro en la segunda ronda de votación.

Bolsonaro un diputado ultraconservador conocido por bravuconadas y posiciones extremas altisonantes, cargadas de racismo y machismo, se ganó el apoyo electoral de forma vertiginosa y su popularidad se disparó luego de ser apuñalado a principios de septiembre en un acto electoral en el que participaba. Fue el candidato ausente pues no pudo participar de forma directa en la contienda debido a su proceso de recuperación del violento ataque. Además, su inversión en anuncios de televisión fue insignificante, alcanzado un poco más de $200,000 dólares. Sin embargo, el uso efectivo de las redes sociales, principalmente WhatsApp —que es por mucho la aplicación más usada por los brasileños— coronó a Bolsonaro como el principal candidato a vencer el próximo 28 de octubre.

Súmele que el Partido de los Trabajadores lleva muchos años en el poder, que tenía un claro rechazo de la clase media brasileña por los escándalos de corrupción y la política económica intervencionista del estado, promovida por Rousseff, y que Haddad, quien llegó a última hora, no es un hijo de los sindicatos sino un niño que estudió en escuelas privadas de familia libanesa.

Al parecer Haddad, a menos que le haga una mueca a la militancia aguerrida de la izquierda y se vista del aire moderado que le permitió ganar la alcaldía de Sao Paulo, no podrá atraer muchos electores del centro. Bolsonaro, por su parte, producto del disgusto que tienen los brasileños con el político tradicional y que manifiesta una clara intolerancia al crimen que agobia la cotidianidad de los ciudadanos de a pie -en el 2017 se registraron más de 61,000 homicidios- se puede acercar con mayor facilidad a ese centro que será definitorio para el futuro de Brasil.

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