Pedro Julio Ortiz Santos dice que  en momentos de dificultad  se ha quedado a dormir en el cementerio. (horizontal-x3)
Pedro Julio Ortiz Santos dice que en momentos de dificultad se ha quedado a dormir en el cementerio. (Juan Luis Martínez)

La jornada está bastante tranquila. Es uno de esos días en que hay poca actividad y, por tratarse del trabajo que se trata, podría incluso decirse que es una situación afortunada. Después de todo, este es, literalmente, el último lugar al que uno quisiera llegar, pero en el que eventualmente muchos terminan. 

Es avanzada la mañana y ya el sol, que parece picar con más fuerza en el sur, se desata furioso sobre este sitio en Yauco de fría naturaleza. Ni siquiera las piedras parecen poder soportar el calor. Pedro Julio Torres Santos recorre con paciencia el lugar, sacudiendo algunas hojas por aquí y por allá.

Julio, como ha hecho por los últimos 53 años, se ocupa de este pequeño cementerio. 

“Yo soy sepulturero”, afirma con orgullo. “Soy sepulturero y contratista, como lo fue mi papá por 67 años”. 

Casi todos los panteones del sitio, que llaman el cementerio nuevo de Yauco, han sido confeccionados por sus experimentadas manos. Esas mismas manos se han encargado de colocar en su último reposo a miles de personas, y también de exhumar luego sus restos. 

El hombre, que tiene 70 años aunque no los aparenta, explica que, en el cementerio, además de enterrar los muertos, también tienen que ocuparse de “sacarlos para hacer espacio” para los siguientes. Ese proceso de remover los restos es lo que llaman exhumación, aclara Julio, usando el término adecuado. Se hace pasados los cinco años y un día del entierro, siguiendo un protocolo. También están los “traslados”, cuando algún cuerpo llega desde otro cementerio o lo envían desde allí a otro camposanto.

Julio sabe que el suyo no es un trabajo típico. De hecho, asegura que es algo que resulta enigmático para muchos, sorprendente para otros y hasta desagradable para algunos más. 

Asegura que algunas personas, cuando van al lugar, expresan su deseo de poder observar alguna exhumación. Sin embargo, pese a su curiosidad, a menudo piden que no sea la de un familiar suyo. A otros les espanta la idea de siquiera ver de lejos los restos de algún ser humano. 

Pero en este día no hay cuerpos para enterrar, ni restos para exhumar, y apenas unos pocos visitantes llegan por algunos minutos al solitario lugar. 

Julio camina por los pasillos entre las construcciones de mármol, terrazo y granito. Algunos panteones lucen más decorados, con cruces, imágenes de santos y vírgenes, tiestos con flores –en su inmensa mayoría artificiales porque no hay flor natural capaz de resistir por mucho tiempo este intenso calor–. Sobre una tumba, descansan algunos juguetes. También hay muñecas y peluches en la urna de otro panteón. 

En algunas de las construcciones, las huellas del tiempo se hacen notar. Sus piedras se han rajado o se han partido. Sus letras se han vuelto ilegibles y, si queda alguna flor, está completamente marchita a pesar de ser de algún material plástico. 

Otrasestructuras resplandecen. Si el cliente lo solicita, Julio se ocupa de darle atención al panteón, limpiándolo con máquina de agua a presión y dándole brillo. 

El sepulturero puede recordar la historia de muchos de esos panteones. A veces, cuenta, han ocurrido situaciones inesperadas a la hora de exhumar. En una ocasión, pasaron un tremendo mal rato cuando sacaban los restos de una persona que habían traído desde el extranjero.

“Era una persona pudiente, y lo trajeron en una caja que valía como 12,000 dólares. Y lo enterraron en tierra. Después vino la viuda y pidió sacarlo, pero, cuando estábamos sacándolo, se rompió la caja. ¡Tremendo susto pasamos!”, recordó, agregando que tuvieron que conseguir otro ataúd para colocarlo y completar el traslado.

Otro evento que causó percances inimaginables fueron las intensas lluvias del huracán George, que acabaron inundando el cementerio. “Hubo un muerto que, cuando lo fueron a sacar, estaba ahogado. Se había llenado de agua (la tumba) y estaba boca abajo. Estaba muerto y ahogado”. 

Y están los casos de cuerpos que, por diversas razones, no se descomponen como es de esperarse. Eso pasó con un sobrino de un notorio delincuente, “que murió afuera, y lo trajeron y lo enterraron. Cuando lo prepararon, lo habían afeitado. Pero, cuando fuimos a moverlo a los ocho años, estaba entero y tenía pelo largo y uñas largas”. 

Entre sus vivencias hay una que atesora y que podría entenderse como una lección de vida. “Llegó esta persona, de mucho dinero, a sacar los restos de su madre. Llegó en tremendo carro, llena de joyas. Y, cuando abrí la caja, le dije: ‘Mire a donde llega el ser humano’. Ella se fue corriendo. Pero volvió al otro día, en mahones, chancletas, esmelená. Y me dijo: ‘Usted me dio una gran lección’. No se ofendió ni nada. Pero entendió mi mensaje”, recordó con orgullo, agregando que la mujer todavía lo llama de vez en cuando para saludarlo. 

Lo que no tiene para contar son historias de fantasmas, visiones escalofriantes o cosas similares, como las que abundan entre las leyendas de la cultura popular, y que buscan provocar temor entre la gente. “El miedo lo hace uno mismo”, afirma Julio. “Miedo dan algunos vivos allá afuera”. 

Para este sepulturero, la vida entre muertos es algo normal, que conoce desde su infancia. “Desde los 6 años he visto esto. Mi papá nos traía al cementerio y veíamos lo que hacía. Y ya, desde los 11 años, los cuatro hermanos sacábamos muertos”, recordó. 

Esa historia de tradición sepulturera es bien conocida en el área. La gente llega allí a preguntar por “el hijo de don Tacio”, como solían llamar a su padre, Anastacio Torres Quiñones, cuya huella quedó para siempre en el nombre del viejo cementerio del municipio. 

Tan cerca ha estado su vida de las tumbas, que, incluso, usó el cementerio para dormir durante un periodo de crisis en sus años más jóvenes, en que se sumergió en el alcohol. “Pero, gracias a Dios, hace 29 años ni bebo ni fumo”. 

En cualquier caso, Julio se enorgullece de ser un sepulturero que ofrece un buen trato a muertos y vivos. “La gente agradece, aunque pagan por el servicio, pero agradecen el buen trato”, afirma. 

Minutos después, se acerca una pareja. Ambos saludan a Julio con familiaridad. La mujer, al percatarse que hacemos un reportaje, pide cortésmente que le permitan comentar sobre el sepulturero. Se identifica como María Sáez, de visita aquí desde Nueva York. Cuenta que su padre murió hace más de 10 años, y para entonces ella y su familia carecían de recursos para darle un entierro digno. “Hablé con el señor (Julio) y él me dijo el precio (para el panteón). Me escuchó hablar llorando con mis hermanos. Estaba desesperada. Él me llamó y me dio un precio que realmente podía pagar y me permitió pagar a plazos”, recordó con voz entrecortada. “Ahora mi papá tiene un lugar donde descansa en paz. Debe estar orgulloso de mí, la más pequeña. Esa es la historia, gracias a este gran ser humano. Gracias a Dios y a él que me lo puso en el camino”. 

Recibir visitas como esa, de personas que pasan agradecidas a saludarlo, son motivo de regocijo para Julio, quien asegura que también ha tenido concesiones semejantes con otras personas para que pudieran pagar por sus servicios. No todos han cumplido, y algunos incluso “han traicionado mi confianza” y “me han dado un teléfono falso” para ni tener que volver a escucharle. Pero, asegura, “eso se compensa con los buenos” que sí cumplen con su compromiso de pago, y además riegan la voz para que otros busquen sus servicios. 

Asegura que esto de pasar los días entre el silencio de los muertos le ha permitido vivir una vida “sin problemas”.

“Me he casado siete veces. La última hace solo 10 meses. Nunca me rechazaron por ser sepulturero”, afirma. “Pero, eso sí, la mujer (cuando llega a casa) me dice: ‘primero que nada va y se mete derechito al baño a limpiarse. A la cama no entra hasta que se limpie’. Y hay que hacerle caso”. 

¿Y quién será el heredero de don Tacio y Julio en esta singular labor? 

Pues parece que no será de la familia, ya que ni los hijos de Julio ni sus nietos apuntan a un futuro en el cementerio. Y Julio tampoco luce muy interesado en que se conviertan en sepultureros. “Me traje un nieto, y le gusta coger pala y coger sol. Pero él está en la universidad y le digo que esto no es para él”.


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