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Más de 70 años después, Strombo entregará la bandera a la familia del enemigo muerto. (The Associated Press)

PORTLAND, Oregón — Marvin Strombo estaba detrás de las líneas japonesas en una isla del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial cuando se dio cuenta de que otros cinco soldados de su escuadrón habían partido sin él.

El joven marine, parte de una unidad de francotiradores de élite que combatía en 1944 en Saipan, observó nerviosamente el terreno y divisó un cuerpo que yacía en el piso. Era un soldado japonés muerto. Parecía como dormido, relajado, y tenía algo que asomaba de su uniforme.

Strombo se arrodilló y vio que se trataba de una bandera de seda. El espacio alrededor del sol rojo de la bandera del ejército imperial tenía inscripciones con una elegante caligrafía. Dudó un momento y decidió llevarse la bandera y tratar de reunirse con sus compañeros, que estaban a punto de atacar el pueblo de Garapan, en manos de los japoneses.

Más de 70 años después, Strombo entregará la bandera a la familia del enemigo muerto. Con sus 93 años, llegaba el viernes a Tokio, la primera escala de un viaje de 16,000 kilómetros (10,000 millas) hasta la aldea del soldado japonés, donde se verá con un hermano y dos hermanas que nunca pudieron despedirse de él.

“Noté que no tenía heridas de bala, que había muerto por la explosión de un mortero”, comentó Strombo esta semana en Portland, Oregón, antes de viajar a Japón.

“Creo que el soldado quería que lo encontrase por alguna rezón”, agregó en tono sombrío.

Ese tipo de banderas constituían una especia de amuleto que recordaba a los soldados japoneses a sus seres queridos y sus deberes hacia su país. Algunas eran firmadas por cientos de compañeros, vecinos y familiares.

Los soldados aliados a menudo se las llevaban como souvenirs, que tienen un alto valor sentimental porque la mayoría de las familias de soldados japoneses muertos nunca se enteraron cómo fallecieron ni recibieron sus restos.

Strombo conservaba la bandera en una estantería de vidrio, a la vista de todos. Era motivo de conversación y despertaba la curiosidad de la gente, incluidos sus cuatro hijos. Pero nunca hablaba de su papel en las batallas de Saipan, Tarawa y Tinian, que debilitaron a los japoneses y despejaron el camino para la victoria de Estados Unidos.

El anciano escribió cartas para tratar de averiguar algo más sobre la bandera, pero al final de cuentas se olvidó del tema. No conocía a ningún japonés y, antes de que apareciese la internet, era difícil averiguar cosas.

Hasta que, en el 2012, el hijo de un ex comandante se puso en contacto con él para hablar sobre un libro que estaba escribiendo sobre su unidad.

A través de él, se puso en contacto con la Sociedad Obon, una organización sin fines de lucro de Oregón que ayuda a los veteranos y sus descendientes a devolver banderas japonesas a las familias de los soldados caídos.

Investigadores comprobaron en una semana que la bandera pertenecía a Jasue Sadao, según se desprendía de las inscripciones que tenía. Y averiguaron que el soldado era oriundo de una aldea de 2,400 habitantes en una región montañosa donde se cultiva el té a unos 340 kilómetros (200 millas) al oeste de Tokio.

La bandera tenía la firma de 180 familiares, amigos y vecinos, siete de los cuales están vivos, incluidos tres hermanos de Yasue.

Cuando los investigadores contactaron al hermano de Yasue por teléfono, este preguntó si la bandera estaba en poder de la misma persona que la había tomado hace más de siete décadas, según Rex Ziak, cofundador de la Sociedad Obon junto con su esposa japonesa, Keiko.

“Hubo un silencio y finalmente él pregunta, “¿tiene idea si él sabe cómo murió mi hermano, y dónde?’”, indicó Ziak. “Fue ahí que me di cuenta que este soldado sigue presente en esa familia y que el misterio de lo que pasó con él sigue vivo”.

Strombo es la única persona que tiene esas respuestas. Puede mostrar dónde encontró el cadáver de Yasue en las afueras de Garapan y contarle a los hermanos que probablemente murió por el fuego de morteros.

La Sociedad Obon devolvió 125 banderas y dice que un promedio de cinco personas diarias la contactan para decir que son veteranos de la guerra que se sienten mal por haber tomado esas banderas y que quieren devolverlas antes de morir.

La agrupación cree que hay miles de banderas similares escondidas en áticos de todo el país, que podrían ofrecer respuestas a muchos familiares de soldados japoneses muertos. Strombo será el primer veterano de la Segunda Guerra Mundial que devolverá una bandera en persona a través de la Sociedad Obon.

El viaje es una oportunidad de reconciliación y de cerrar un capítulo.

“Tenía deseos de conocer a la familia”, comentó. “Sé que es muy importante para ellos”.

Solo otros dos soldados de su unidad siguen vivos.


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